Uno de mis mejores recuerdos de cuando estaba chiquita era que me acostaba en el piso del patio de la casa y mi mamá se sentaba en una mecedora a mi lado, a leerme unos cuentos que me había dado mi papá. Mientras me leía, yo estaba bocarriba con los ojos cerrados y experimentaba una sensación deliciosa que no podía explicar pero me hizo adicta a la lectura; algunas de las palabras de los cuentos me provocaban una sensación de sabor y textura en la boca. También ciertos sonidos de la casa provocaban la misma reacción (como el sonido que hacía la puerta del cuarto de mis papás al abrirse, o el del disco del teléfono cuando giraba para marcar; ambos sonidos sabían a arena húmeda en la boca). Eso nunca tuvo nada de raro para mí y era todo un placer. Y como jamás le dije eso a nadie, pues ese asunto no tuvo mayor trascendencia.
A partir de allí identifiqué que hay palabras y sonidos cremosos, otros dulces, otros lisos con un acento perfumado que se siente pegado al paladar. Algunas palabras se sienten aceitosas en los costados de la lengua y tienen un sabor como a manzana y maní muy tenue. Otras son vinagrosas y dulzonas, como en un estado de conserva agridulce.
También había sonidos simples que me producían sensaciones agradables. El que más recuerdo y que es de los que persisten con mucha intensidad ahora, es el de las teclas de los teclados de computadores, calculadoras grandes, cajas registradoras y teléfonos públicos. Ese sonido es una delicia porque produce una sensación blanca y cremosa en la boca. Yo no puedo pasar frente a ninguno de estos objetos sin hacer sonar las teclas; eso se convirtió en un ritual obsesivo.
Unos años después, en la adolescencia, algunas palabras adquirieron asociación con sensaciones muy desagradables, y entonces me daban rabia. Era una rabia visceral, incomprensible, pero definitivamente rabia. Ciertas palabras me daban un mal genio que me duraba horas y yo no podía entender por qué. También me daba rabia malsana el sonido de una cuchara que revuelve algo espeso en un pocillo o vaso de vidrio o porcelana; como por ejemplo revolver Milo espeso en un vaso de vidrio agitando y golpeando la cuchara contra las paredes del recipiente. Ese sonido me ponía en modo "mate y coma del muerto". De hecho, durante mucho tiempo dejé de tomar Milo por eso, porque en la boca al escuchar el sonido sentía un sabor como a cobre que se tiraba en cualquier otra cosa que probara.
Cuando empecé a preguntarme porqué me pasaba eso y por qué del estado de ánimo que se asociaba, como no tenía respuesta, me empecé a preocupar. Pensé que estaba loca y que eso era demasiado raro, así que ni pu'el chiras le iba a contar a nadie lo que me pasaba. Suficiente tenía con ser muy introvertida y ser el blanco de las burlas de los compañeros en el colegio por ser gordita, como para añadirle un argumento más. Boba si no!
Pasaron muchos años en los que realmente pensé que había algo muy mal conmigo y que yo había venido a este mundo con un defecto de fábrica.
Todo fue así hasta que hace unos años, estudiando para preparar uno de los cursos que dicto en la Universidad, me di cuenta de que existía una condición perceptiva que se llama Sinestesia. Oh maravilla! Yo no estoy loca, simplemente tengo una modalidad sensorial combinada. De pronto sí sea un defecto de fábrica, a lo bien!, porque en alguna parte del cerebro eso significa que sí tengo un par de cables cruzados, pero hago parte del 1% de la población que percibe el mundo deliciosamente distinto. Saber eso trajo consecuencias muy positivas, pues ya sé que no estoy loca y tengo una explicación válida para el hecho de que disfrute tanto la lectura y de hablar por horas, pues la lengua sirve para muchas cosas. Y si no, que le pregunten a Robinson (un colega y amigo) que se rió mucho conmigo cuando le conté esta semana mi historia, y que por ser lingüista sabe un montón de cosas importantísimas e interesantes, habla saboreando ciertas palabras y me mandó de regalo este link a un video que explica esta condición.
http://ver-documentales.net/redes-22-flipar-en-colores/

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