Mi idea de la vida

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domingo, 22 de agosto de 2010

Sistema Penal Alcoholatorio

Guayabo. Según el diccionario de la real academia de la lengua española, la palabra guayabo no existe en los términos en que se usa en mi ciudad. La sensación que describe tiene muchas formas de nombrarse en muy diferentes partes del mundo; cruda o resaca son dos términos muy comunes para ella.

Lo cierto es que según este mismo diccionario, resaca viene de resacar, que significa:
1. f. Movimiento en retroceso de las olas después que han llegado a la orilla.

2. f. Limo o residuos que el mar o los ríos dejan en la orilla después de la crecida.

3. f. Malestar que padece al despertar quien ha bebido alcohol en exceso.

4. f. Efecto o serie de consecuencias que produce algún acontecimiento o situación.

5. f. Persona de baja condición o moralmente despreciable.

6. f. Com. Letra de cambio que el tenedor de otra que ha sido protestada gira a cargo del librador o de una de las personas que han efectuado la transmisión por endoso, para reembolsarse de su importe y de los gastos de protesto y recambio.

Cuando me puse a pensar en esto, se me ocurrió la imagen mental del guayabo como un par de hombrecillos de ley metidos dentro del cuerpo de uno, discutiendo acerca de cómo va a ser el malestar que van a causarle al acusado, como penitencia por haber contravenido las normas de la homeostasis del cuerpo. “Se emborrachó? Ah bueno!, pague las consecuencias”. Así las cosas, me imaginé que después de una borrachera miedosa, en el cuerpo de uno, al día siguiente se lleva a cabo un juicio arbitral precedido por dos jueces de naturaleza perversa.
El uno pide que la condena se ejecute en el estómago; que todo le de náuseas al acusado. Que la comida - placer divino - no la pueda ni tocar, oler y menos ingerir, por las nefastas consecuencias de movimiento en retroceso que puede generar.
El otro juez, más trascendental, pide que la condena se diligencie en la cabeza para que el acusado coja escarmiento. Que le duela la cabeza, que le pesen hasta los pensamientos.

Y así, sin llegar a acuerdos deliberatorios, el juicio se extiende por un tiempo que para el acusado parece una eternidad. De repente, viene una instancia superior. Un juez de la suprema corte, que exasperado con la ineficiencia de sus subordinados para tomar decisiones de ley orgánica, decide dictar sentencia él mismo. La solución es salomónica. Si no pueden decidirse entre el malestar de panza o de cabeza, entonces déjenle los dos, pero para que no muera durante la sanción – porque toca pagarlo como nuevo – al condenado se le otorga el beneficio del sueño. Y entonces, el juez señala una puerta y manda al acusado a dormir su guayabo.

Y diciendo esto, yo les pido un permisito y me despido, porque me acaban de entregar una llave.

5 comentarios:

Juan Vásquez dijo...

Esta entrada me gustó mucho!, yo pocas veces he sufrido guayabo y ahora que tomo como referencia el juicio mental propuesto, creo que no hay juez para mí y que seguramente el juez igualmente se emborrachó y que a su vez este tiene un juez que también se emborrachó y así sucesivamente hasta el infinito. bueno, esto sólo me pasa con el aguardiente porque con otros licores no amanezco muy bien que digamos ¿qué pasará? tendré que investigar.

Olguet dijo...

Ah! yo creo que es que hay organismos a los que los cuida el diablo; y ése no se enreda con juicios bobos. Es lo que él diga y no más!

Anónimo dijo...

Tal vez el aguardientero está libre de pecados.

Juan Vásquez dijo...

y el que no que pase el primer trago o qué; me gustó la hipótesis de David, me hizo sentir especial. ah y acabé de pensar un dicho que también refuerza el amor a esa bella bebida anizada, el dicho dice que soldado borracho no llega a la guerra (o me lo acabo de inventar?)

Olguet dijo...

El aguardientero es probable que haya cometido pecados, pero que son sólo pecados para los demás. Por eso, como nos los siente propios, no existen. Y como no existen, no hay penas que ahogar. Y como no hay penas que ahogar, no se emborracha con culpas. Y como no hay culpas, el cuerpo no libera cortisol, ni dopamina, ni ninguna de esas sustancias raras endocrinas que son las que ayudan en la síntesis metabólica del alcohol. (Se me salió lo psicobióloga, pero es inevitable).
Y como no hay desequilibrio químico del cuerpo, por eso no hay guayabo.
Eh! no se me había ocurrido esta hipótesis antes.