Mi idea de la vida

Mi idea de la vida

sábado, 20 de noviembre de 2010

Grenouille

Hace un par de días empecé a releer el perfume.  Jean-Baptiste Grenouille me volvió a sintonizar  con la curiosidad por los olores. Mientras leía las descripciones de la ciudad de París del siglo XVIII , me invadió el deseo de aspirar con firmeza el aire que trae las mezclas de las cosas con las que vivo, como hacen los gatos, para evaluar positiva o negativamente el ambiente que me rodea.

El día que empecé la lectura me fui “esnifando” por toda la casa a ver si encontraba el sello de olor de mi espacio, pero terminé discriminando sólo uno a uno  los objetos que me pertenecen. Una especie de búsqueda conjurada del olor particular de mi lugar. Nada. Fue en vano. La identidad de los olores que lo definen a uno es tan desconocida para uno mismo, como absolutamente evidente para los otros. Lo único que rescaté de esa investigación sensorial fue darme cuenta de que era hora de cambiar el agua de las flores de esta semana, que la caneca de la basura ameritaba una lavada y que mi ropa de cama a mí me huele muy bien, aún cuando esté en la canasta de la ropa sucia. Nada trascendió de esta experiencia.

Habían pasado un par de días desde mi expedición odorífera. Ya me había olvidado del asunto. Este fin de semana pintaba lento pero seguro, por efecto de la tranquilidad y tibieza de mi cama y la ausencia de tareas laborales  relevantes. Salvo una ida a cine programada y mi asistencia a un cumpleaños del nieto de una amiga que quiero mucho, nada habría podido separarme de las cobijas.  Sin embargo el azar de las decisiones de otros termina marcando ritmos bien definidos para algunos.

Aunque no tenía intenciones de volver a la vereda sino hasta cuando las ganas y el frío lo permitieran, me vi obligada a venir para cumplir con un asunto de protocolo social y seguridad personal. La dueña de la casa en que vivo me dijo que se iba a llevar la única cama de la finca. Se muda  a un pueblo lejano y al parecer,  o el espacio va a ser más reducido o va a tener más inquilinos que en la actualidad, por lo que la imagen del camarote que me había dejado en comodato se le antojó tan oportuna, que no pudo esperar un día para avisarme que lo iba a sacar de la casa. Para tal efecto necesitaba mi llave y mi autorización para entrar. Un simple formalismo pienso yo, pues no dudo que ella tenga copia de la llave, aunque lleve casi un año tratando de convencerme de que sólo yo tengo acceso a esta casa. Mi sentido territorial me indica que en un par de ocasiones ha entrado para sacar algunos objetos suyos que ha ido necesitando. Sin embargo le agradezco la decencia de pedir permiso esta vez. La ausencia de un par de cobijas u ollas no es tan notoria como el hecho de que desaparezca mágicamente uno de los pocos muebles de la casa.

Cuando venía hacia Pantanillo, miraba por la ventana del bus. La ruta del integrado tiene algo de simple y macabro esta vez. La carretera se hace cada vez más estrecha y menos pintoresca, por efecto del invierno que genera un derrumbe cada tanto. Sin embargo la vista de las montañas sigue siendo hermosa. Venía desprevenida pensando en nada, cuando en uno de los filos de la montaña me pareció ver la forma de una gran paila rellena de motas de algodón verde. En ese momento los canales sensoriales se empezaron a confundir y me pregunté por qué empezaba a activar con anhelo  la sensación olfativa de algo suave y delicado. La voz del señor que venía sentado detrás de mí se hizo perceptible entonces, y al mismo tiempo me reveló  la razón de mi necesidad.  –Huele a carne cruda- alcancé a escucharle. El que venía hablando con él sólo se limitó a responderle que a él le olía a lodo fino. A mí, me olió a mal aliento. Esto dio rienda suelta a la cascada de imágenes mentales acerca de los olores.

El aire que sale de la boca cuando la gente habla, llega para mi desconsuelo en este bus, en una línea recta casi perfecta hasta mi nariz. La mezcla de olores de este par de tipos se me hizo  insoportable. Me di cuenta de que juntos, tenían ese matiz acre, mezcla de aliento añejo, ropa sucia, piel sudorosa y vieja y jabón barato. Eso fue suficiente para desatar un descontento odorífero en mi vida. El resto del bus me olió a trago trasnochado, gallinero en uso, loción barata y billete húmedo, con un dejo vegetal descompuesto, muy cercano a la percepción de lo mohoso que se vuelve irrecuperable.
Repasé el paisaje que tenía alrededor; entre el cielo y la tierra no hay sólo objetos. Hay mucho aire. Y este aire no me pareció para nada ese elemento volátil, grácil y liviano que le enseñan a uno cuando está chiquito. El aire del mundo tuvo para mí, en ese preciso instante, la densidad de lo viciado. El aire es una masa invisible, que acumula los gases exudados  de todas las cosas, animales y personas que habitamos el planeta.

Me imaginé el origen y el fin de las cosas que nos rodean, y en particular cómo llegan al aire que respiramos. Todo huele, incluso aquello que no percibimos claramente. Traté de representarme el mundo sólo basado en sus olores y me sentí decepcionada por no tener un mapa mental tan amplio como el que dicen que tienen los gatos para estos menesteres olfativos, o el que tenía Grenouille.  A mí, se me hizo simple: en ese preciso instante el mundo fue una gran genki dahma hecha no de energía, sino de olores. Y a mí en este bus me tocó una cuota de los más bastamente  particulares. 

3 comentarios:

Juan Vásquez dijo...

Sobreponiendome a mi vergüenza, que a veces escasea, me declaro fiel amante del olor de mis pelotas, no me gusta pero asumo que por la cantidad de veces que soy capaz de llevarme las manos a la nariz antes de lavarlas me debe encantar.

Siempre que se habla de este tema es necesario poner sobre la mesa de discusión la posibilidad de enunciar, por lo menos, unos cuantos olores de esos que son horribles pero que uno no puede parar de llevarse continuamente a la nariz, ( bien sea la mano o lo que sea que contiene el olor).

Juan Vásquez dijo...

Yo recuerdo mucho que una vez bajaba en un bus del municipio de la Estrella, reconocida zona motelera de la ciudad, y ví una pareja que salía de un Motel "cuyo nombre no quiero acordarme", a la mujer no la alcancé a ver, pero al hombre, que iba sentado en la ventanilla de atrás del auto, lo ví esnifarse constantemente y con amor su mano izquierda. todavía hoy me pregunto ¿a qué le olería la mano?

Olguet dijo...

Hay olores Juan, sobre todo los del propio cuerpo, que generan una especie de fascinación primitiva.
No sos el único al que sus olores corporales le atizan la gana de olisquearse antes de lavarse.
Aunque creo que, de mis amigos, sos de los pocos que se atreven a revelar con desparpajo que "la rascada de güeva" tiene otro encanto secreto diferente al de sólo rascarse.

Como siempre, tus historias me hacen reír un montón y me dan imágenes mentales bastante particulares.